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  • Dra. Mayra Gallardo

2 de Noviembre, día de muertos.

No te confundas, el día de muertos no es halloween, ni festejamos con disfraces, ni pedimos "calaverita", esta es una tradición anglosajona que, para empezar la acostumbran realizar el 31 de octubre y en nada se relaciona con nuestra tradición.

      

En México, el legado cultural y la herencia que desde épocas prehispánicas tenemos es invaluable. Estos pueblos construyeron una cosmovisión de su mundo rica en simbolismos que les permitía explicarse el mundo, sus dioses, su vida y dar un sitio a sus antepasados.


Desde estas primeras épocas, dicha herencia cultural le permite al mexicano tener un diálogo con la muerte, de la que se burla y lucha por burlar su encuentro; así mismo, honra a sus difuntos, su recuerdo, su nombre.


El día de muertos, celebración que es una herencia prehispánica y que se torna en una fiesta que le permite al mexicano encontrarse con los que han partido ya y, de cierta forma, en una defensa maniaca (control y triunfo) frente al dolor, hablar y confrontarse con la pérdida. Dicha celebración, comienza el día 1 de noviembre y continúa hasta el 2 de noviembre, lo que hace una coincidencia con la fiesta católica de los fieles difuntos y todos los santos.


La tradición encierra otros elementos que es necesario desglosar para comprender la riqueza de la misma. Incluso, la UNESCO ha reconocido el valor de esta tradición.


En una ceremonia llevada a cabo en París, el 7 de noviembre de 2003, la UNESCO distinguió a la festividad del Día de Muertos como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. Dicho reconocimiento fue otorgado debido a que la considera:


<<...una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo deMéxicoy del mundo, y como una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país.>>


Asimismo dicha declaratoria destaca:


<<…Es un encuentro anual entre las personas que la celebran y sus antepasados, desempeña una función social que recuerda el lugar del individuo en el seno del grupo y contribuye a la afirmación de la identidad...>>


Además subraya que:


<<...aunque la tradición no está formalmente amenazada, su dimensión estética y cultural debe preservarse del creciente número de expresiones no indígenas y de carácter comercial que tienden afectar su contenido inmaterial.>>


Así, la muerte siempre ha sido un tema presente en las culturas y ha perdurado a través del tiempo, conformando toda una serie de mitos, deidades, ritos para dar cuenta de la cosmovisión de un pueblo en particular. Es Levi-Stauss (1970), quien lanza la pregunta: <<¿Cómo es posible que, de un extremo al otro de la tierra, los mitos se parezcan tanto?>>.


Si bien es cierto que, el hombre con el paso del tiempo ha sido un gran creador de dioses, que van desde los sangrientos, los sangrantes, los benévolos, los rencorosos, los vengativos, así como, los masculinos y femeninos; estos dioses mueren y resucitan, bajan al mundo de los muertos y regresan de él, unos quitan la vida y, otros tiene la potestad de regresarla a los muertos. Además, estas deidades son eternas y van desde Osiris en Egipto, Cristo en el Antiguo Testamento hasta Quetzalcoalt en Mesoamérica.


En todos los paradigmas teológicos, cada uno con su particularidad que da cohesión a su mito fundamente y congruencia a su momento histórico, es el hombre el que continúa con la pregunta sobre la muerte y sobre qué pasa después, hacia dónde se dirige. Esta última morada, está en gran medida marcada por el mito (verdad dicha en palabras, que conduce al rito) de cada cultura, los cuales estructura toda una visión del sobre ese su universo, la cual está construida a través de la observación de la que dispone el hombre marcado por su momento histórico en donde se desarrolla.


Acerquémonos con mayor detenimiento, como se expuso con antelación, a algunos de los elementos que constituyen nuestra tradición.


En primer lugar, es de suma importancia reconocer que la tradición de la celebración del Día de Muertos en México data de tiempos más añejos a la llegada de los españoles. Los registros que quedan en los restos de las antiguas civilizaciones prehispánicas dan muestra de ello, como por ejemplo los restos de las civilizaciones mexicas, maya, purépecha y totonaca. Los rituales que honran la vida de los antepasados en dichas culturas data desde hace tres mil años.


Para las culturas prehispánicas, la muerte siempre está dada como una dualidad con la vida, así la simbolizaban como un paso a un renacimiento.


Por otra parte, para los pueblos prehispánicos, la muerte no tenía de ningún modo las connotaciones morales, muestra del sincretismo que se da con la llegada de los españoles, dónde la religión católica impregna su sello a través por ejemplo de las ideas de infierno como castigo y un paraíso como el premio al que hay que aspirar. Para los primeros, los destinos a los cuales las almas podían estar sujetas estaban determinados fundamentalmente por el tipo de muerte que habían sufrido y, de ninguna manera por el comportamiento sostenido a lo largo de sus vidas.


Así, las direcciones que este destino podía llegar a tomar eran:


El Tlalocanoparaíso de Tláloc (dios de la lluvia). Lugar de perenne verano, donde siempre la vegetación era verde, este era un sitio de reposo y abundancia. Este lugar estaba destinado para todos aquellos que fallecían por causas relacionadas con el agua, por ejemplo: ahogados, por efecto de un rayo. Los muertos destinados aquí, se enterraban “como semillas para germinar”.


El Omeyocán, paraíso del sol, estaba regido por Huitzilopochtli (dios de la guerra). Destinado a los guerreros muertos en combate (la mejor de las muertes para el pueblo mexica) capturados en sacrificio. También las mujeres que fallecían en el primer parto, debido a que se reconocía como un combate y a ellas como guerreras valientes.

Acostumbraban enterrarlos en el patio de palacio para que acompañaran al sol desde el cenit hasta que se ocultara. Su muerte era motivo de gran tristeza y, a la vez de alegría debido a que gracias a su valor, el sol los llevaba como compañeros. En ello, se ofrecía la posibilidad de acompañar al sol en su viaje diario de nacimiento y trascender convertido en pájaro. Habitar el Omeyocán era un privilegio y honor. Los muertos después de cuatro años regresarían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores.


El Mictlán, era el destino para aquellos que morían de muerte natural. Estaba habitado por Mictlantecuhtli (actualmente relacionada con la figura de <<La Catrina>>, personaje creado por José Guadalupe Posada) y Mictecacíhuatl, señor y señora de la muerte. Era un sitio muy oscuro, sin ventanas, del que ya no era posible salir. El camino que debían recorrer no era fácil, puesto que debían recorrer diferentes sitios por cuatro años y para ayudarles a cruzar un río y acompañarles eran enterrados con un perro, Xoloitzcuintle, al que debían entregar como ofrenda al llegar frente a Mictlantecuhtli.


Los niños muertos tenían un lugar especial, el Chichihualcuauhco. En este sitio hallarían un árbol nodriza que los amamantaría hasta que se les destinara volver a nacer. Así, cumplían el ciclo donde la muerte era necesaria para que renaciera la vida.


De estas formas, empezaban su camino hacia el destino que les tocaba recorrer. El hombre en la cultura mexica, era un observador de la naturaleza, ubicándose en el centro del cosmos y a partir de ello, estructuraba su concepción del Universo, la vida y la muerte.


La Transformación del Ritual



Por todo esto, a diferencia de otros pueblos, culturalmente, tenemos presentes a nuestros muertos, nosotros no nos angustiamos de nombrarlos, celebrarlos y hacer una fiesta en su nombre incluso en su tumba. Así la muerte se hace cotidiana y le quitamos la peligrosidad a morir al saber que hay un posibilidad de transcender y de no ser olvidados ya que incluso, muertos, les recordarán un día al año “como si estuviéramos vivos”, llevándoles la comida, bebida, dulces, música y todo aquello que en vida disfrutó.


Sin embargo, como se expuso con antelación, el convertirse en un festejo es muestra del sincretismo de las culturas prehispánicas y la española después de la conquista. Así, la tradición de dedicar el 2 de noviembre a los difuntos fue impuesta por los españoles en la primera mitad del siglo XVI, cuando llegaron a la Nueva España las reliquias de algunos santos a los que les hacían ceremonias funerarias. Además, trajeron el catolicismo, el cual fue adoptado – por grado, por fuerza – por los indígenas.


La religión – al ser impuesta – se vio obligada a una reinterpretación, originando un sincretismo que combinó tradiciones de los españoles con las prehispánicas, haciendo coincidir el día de Todos los Santos y las Almas con las festividades mesoamericanas, creándose así el actual Día de Muertos.


La celebración del Día de Muertos tiene raíces prehispánicas y festeja la memoria de los difuntos con visitas a cementerios y coloridas ofrendas. Es un día en que se honra, se respeta, la memoria de nuestros muertos y se hace burla a la muerte de que aún “no nos ha podido llevar con ella”.


En México, la tradición se expresa por vía de la elaboración de “Calaveritas” y las Ofrendas a nuestros muertos.


Las “Calaveritas” son rimas, versos satíricos, que pueden tener dos opciones: 1) burlase de la muerte que no nos ha podido llevar o 2) hacer un epitafio humorístico creados para personas vivas, donde se hace broma (que no ofende al aludido) de alguna característica que posea y se juega con que debido a ello la muerte se lo llevó o se lo llevará.


No obstante, reciben el mismo nombre algunos grabados, litografías generalmente de José Guadalupe Pozadas que ilustran a calaveras (esqueletos) disfrazadas. Es pertinente aclarar que no dibujaba específicamente para el Día de Muertos, sus caricaturas era colaboraciones para algunas publicaciones a principios del siglo XX y hoy en día son usadas para ilustrar la celebración.


Finalmente, la “calaverita” es un dulce de azúcar en forma de un cráneo, que en la ofrenda se le puede poner el nombre del difunto o de algún vivo. Hoy en día la elaboración de estas incluye el chocolate o el amaranto.


La Ofrenda del Día de Muertos


Como se ha expresado, el pueblo de México ha creado un muy particular elemento subjetivo contra la muerte, con la “colaboración de ella misma”. Así, el mexicano se coloca en un lugar donde se borran todas las diferencias puesto que la muerte nos involucra a todos. El 1 y 2 de noviembre, algunos acostumbran no sólo poner una ofrenda en sus casas, sino acudir a los panteones a visitar sus difuntos y limpiar sus tumbas, llenarlas de flores e, incluso ponerles una ofrenda en el lugar. Se cree que estos días los muertos regresan a visitar a sus deudos, el 1ro. de noviembre los niños y el día 2, los adultos.


Cuando no es posible visitar la tumba, porque ya no exista o porque se está lejos del lugar, se hacen ofrendas elaboradas en casa para los difuntos, las cuales incluyen varios elementos que van desde las calaveritas, el pan “de muerto” (pan dulce espolvoreado de azúcar), flores (tradicionalmente Cempaxúchitl), platillos de comida que le gustaban al difunto, sal, calabaza en dulce, vasos de agua, mezcal, tequila, atole y veladoras. Todo esto se coloca junto a su fotografía.


La ofrenda, no sólo son elementos que evoquen al difunto y color dispuesto al azar; la tradición más rigurosa implicaría que se decora con una imagen de las ánimas del purgatorio, por si el alma del difunto se hallara ahí, para que pedir por su salida; las velas, preferentemente moradas (color de luto para la iglesia católica) y en pares; 4 para orientarlas con los puntos cardinales y que el alma se oriente en su camino y pueda hallar la casa. El papel picado, originalmente se hacía de forma artesanal, es decir lienzo por lienzo cortado a mano y se usa como manteles que decorar la ofrenda para el difunto.


En México, la tradición dicta que cada 2 de noviembre, es una noche de fiesta porque se espera el regreso, la visita de nuestros difuntos. Por ello, se crea toda esta preparación para honrar su memoria y, esto hace que el Día de Muertos sea una de las pocas ocasiones en que la mayor parte de la población conmemora un suceso rico en tradición.


Por todo esto, a diferencia de otros pueblos, culturalmente, tenemos presentes a nuestros muertos, nosotros no nos angustiamos de nombrarlos, celebrarlos y hacer una fiesta en su nombre incluso en su tumba. Así la muerte se hace cotidiana, cada 2 de Noviembre, es una fecha donde podemos reencontrarnos con nuestros muertos, dialogar con ellos, festejar juntos que, de forma simbólica, podemos traerlos de nuevo a la vida y disfrutar con ellos el presente, le quitamos la peligrosidad a morir al saber que hay un posibilidad de transcender y de no ser olvidados ya que incluso, muertos, les recordarán un día al año “como si estuviéramos vivos”...