https://bit.ly/374WLzG
 
  • Dra. Mayra Gallardo

Duelos, penas y pesares durante la COVID-19



Duelos, penas y pensares durante la COVID-19

El aislamiento, una deshidratación psíquica, la dificultad de involucrarse afectivamente o hacerle frente a una soledad negada o mal asumida, ponían hace poco más de un año, el acento en la posibilidad de pensar en la clínica del vacío, en la banalización de la palabra y en las relaciones líquidas, es decir, en los vínculos futiles, en el amor líquido a falta de compromiso y continuidad, en el formular preguntas sobre cómo para algunos era posible acallar el grito de dolor interno con el bullicio exterior y, en donde a falta de contacto humano, se hiciera un uso impulsivo de las las App's que les ayudaban a conocer a otros. Se cuestionaba así el intento de llenar un hueco apostándole a la evasión de lo verdaderamente importante: un vínculo en donde la palabra esté jugada, un palabra plena de sentido que comprometa y, no sólo sea la balumba de mensajes y “caritas”, que dejan a la libre interpretación del receptor el sentido de aquello que el emisor quiso evitar nombrar.


Sin embargo, nunca hubiese imaginado que, ese bullicio exterior de golpe callara y el mundo se detuviera. Donde el uso de la tecnología cobró otro sentido puesto que se hizo la única posibilidad para tener un contacto y una comunicación responsable con otros, con los nuestros.


A más de un año y medio de haberse declarado la pandemia en el mundo, donde algunos lograron el privilegio de elegir un confinamiento voluntario y lograr trabajar desde casa y donde para otros, el tener que salir a trabajar y continuar exponiéndose y exponiendo a los suyos al contagio, fue la única posibilidad, las pérdidas, en muchos sentidos y para todos, han sido un costo emocional inevitable de pagar.


Las pérdidas implican enfrentar el doloroso proceso de un duelo y no sólo se refieren a la pérdida de un ser querido, la cual, en pandemia además de dolorosa y ha sido por completo traumática al forzar a un adiós sin despedida, donde es muy difícil contener el proceso mentalmente; también para muchos ha implicado perder la movilidad, el no tener a dónde ir, el perder su vida social, el trabajo y su estatus laboral como consecuencia del cambio en las empresas, sus condiciones de vida, el contacto con la familia, la pérdida de la salud y enfrentar la enfermedad, la ruptura de relaciones que ante el confinamiento no resistieron más, el verse forzados a migrar en búsqueda de opciones de trabajo y dejar la ciudad donde tenían una vida armada y a la familia, por citar algunos ejemplos.


Así, debemos reconocer que todo cambio implica una pérdida de ese equilibrio que hasta el momento se tenía y, en el proceso de la pandemia, el cambio ha sido un evento traumático, una crisis circunstancial que nos atraviesa a todos y que nos confronta con la incertidumbre, con la pérdida de control sobre nuestros planes, con el miedo que se expresa acorde a cada subjetividad a través de: el miedo al contagio, a las vacunas, a lo incierto, a las pérdidas, a renunciar a lo que teníamos en la cotidianidad, a los cambios, a enfermar, a morir...


Ahora el miedo es la emoción que nos acerca y nos hermana con otros en el mundo.


Si bien, en un duelo normal, de forma transitoria, es decir, mientras se atraviesa por el proceso, el mundo exterior se empobrece, pierde sentido e interés sin la presencia de a quién o de aquello que hemos perdido. Ahora, atravesar este proceso puede convertirse en un proceso patológico que conduzca al empobrecimiento del mundo interno y que nos lleva a sentirnos huecos, sin valor, sin la posibilidad de llenar el vacío y empantanarnos en la nostalgia de lo que pasó y ya no tenemos, es vivirse en el desamparo emocional más profundo y así, están siendo los duelos en la época de la COVID-19


Otra forma en la que se expresa los tremendos montos de ansiedad, es para otros, el emplear sus recursos emocionales al servicio de la defensa de una realidad que irrumpe en sus vida de forma disruptiva, buscando angustiosamente "recuperar" lo que tenían, que las cosas "regresen" al equilibrio que tenían antes; sin embargo, eso sólo sería posible si se negara la vivencia y el tiempo que nos está tocando vivir, sí difícil, pero que nos puede enseñar hacer uso de otros recursos emocionales. Sólo sería posible "recuperar" el pasado que teníamos a través de regresar en el tiempo y volver a 2019. Desafortunadamente, este jaloneo interno los puede llevar a negar el riesgo real, a relajar las medidas de seguridad y en aras de volver a la vida que habían conocido, hacer como si nada pasara y relajar las medidas de seguridad que los exponen al riesgo del contagio y hacer más tortuoso ese devenir sumándole el estago físico y económico que implica enfermarse de COVID-19.


Pese a que la adversidad convoca a la resiliencia, las secuelas emocionales también se abren paso a lo largo de una crisis sanitaria de tal envergadura y, aunque su avance es silencioso, también constituirán otra crisis de salud pública a nivel mundial.


Para poder transitar por esta crisis circunstancial, necesitamos ligarlo en la palabra, nombrar el cómo nos sentimos, lo que estamos atravesando ponerlo en palabras para que pueda ser simbolizado y así, logre tener posibilidad de elaboración, para aceptar lo duro y difícil del momento y evitar que se convierta en un contenido traumático.


Es buscar vivirlo asertivamente, donde la generación de nuevas ideas le de sentido a la experiencia por la que transitamos e incluso, nos deje un espacio para disfrutar de lo que tengamos por cotidianidad.


Se trata de lograr transformar las emociones en pensamientos, para que no sea sólo el miedo, la angustia a la incertidumbre o el sentirnos en soledad o desamparados, lo único que se aloje en nuestro fuero más íntimo. Se trata de integrar nuestra mente para que sea capaz de ser continente de nuestros contenidos, donde las emociones no sean sobre dimensionadas, sino que se puedan procesar en el pensamiento y, por ende, en la palabra.


Por ello, es crucial intervenir a tiempo, trabajando para lograr ser realistas y darle la magnitud real que tiene la presencia del coronavirus en nuestras vidas; no para caer en pánico, ni el desesperanza, sino para poder cuidarnos mejor - preservando la integridad física y emocional, al mismo tiempo-, para lograr así cuidarnos y cuidar a los nuestros y, también alcanzar a ver el compromiso social que tenemos con los demás.


Sólo lo lograremos, dejando de anhelar lo que teníamos, es una larga transición pero tenemos que aprender a vivir con coronavirus, aceptando que tenemos una nueva realidad a la que debemos adaptarnos para poder continuar, aunque por ahora, extrañemos a los nuestros, el reunirnos, debemos tolerar esa hambre de piel, de voces sin saliva, de gestos amorosos en un encuentro virtual...


Así mismo, pese a que la reapertura en el mundo es importante, aún no existen las condiciones que aseguren la salud y, por algún tiempo, tendremos que usar la tecnología para hacerlo posible, resignificando su uso que nos permite estar cerca de otros pero de forma segura. Si bien, la distancia y cercanía, va a depender de la posición subjetiva de cada quién, de la integración en su mundo interno que le permita reconocer la ausencia/presencia del objeto, donde amorosamente acepte su distancia sin angustiarse de perderlo, la adaptación a estos recursos, al ambiente que lentamente irá cambiando son, por ahora, la alternativa para lograr la adaptación a esta transición que, en un segundo tiempo, nos permita fortalecidos hacer algo más puesto que, al final reinventarse es la única salida.


Por ello, partamos por reconocer que el cambio ha sido tremendo y busquemos también resignificar, es decir, a dar una nueva lectura a la vida que tenemos y a las formas con las que la podemos construir. Si bien, a lo que nos enfrentemos es a una nueva realidad, el cambio y el impacto emocional que implica es incomesurable, puesto que nos tenemos que preparar para un nuevo modelo de vida, que no sabemos, por ahora, cómo va a ser ni cuántos más vendrán.