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  • Dra. Mayra Gallardo

NO LO NEGUEMOS




Lo que niegas, te somete, lo que aceptas, te transforma. Jung.

No podemos seguir negándonos a ver la realidad.


Hacerle frente al coronavirus es una exigencia que nos confronta y nos confrontará con cambios radicales de cómo hacemos la vida, de lo que conocíamos como cotidianidad.

A diario, podemos ser testigos mudos del conteo de los casos: contagiados, fallecimientos, recuperados... sin embargo, pareciera por un instante que hablan de una realidad paralela y que eso no es parte de uno.


Muchos, siguen haciendo la vida normal y, con ello, no me refiero a los que tienen que salir a trabajar, sino a aquellos que se niegan a ver la gravedad y que se muestran indiferentes del momento que nos está tocando vivir.


Y si bien es cierto que los muertos, no son muertos hasta que no son MIS muertos... no tenemos que esperar hasta llegar a ese lugar.


Para quienes se rehusan a reconocer la seriedad del coronavirus, sus defensas psíquicas se levantarán, justificando las situaciones a las que se exponen y que los llevaban a sentirse invulnerables. No sólo lo podemos leer como una forma de negación, sino como una defensa maniaca y, para algunos, hasta paranoica.


La primera, implica que aún encontremos comentarios que ponen en duda la existencia del virus (“es un invento” “no existe”); la segunda, lleva en sí una tríada de defensas: la devaluación, triunfo y omnipotencia (“no es peligroso” “a mí no me va a hacer nada” “yo soy más fuerte como someterme y obedecer”); la última, implica dejar de lado lo que sucede y sentirse con miedo a que los otros sean quienes lo enfermen o sentirse atacado, por ejemplo, al exigírsele usar cubrebocas.


Sea cual sea el recurso defensivo, es una forma de apartar lo doloroso de la realidad, eso que resulta intolerable y que por miedo no sabemos cómo manejar.


A cada individuo, lo alcanzará de diferente forma, acorde a sus recursos afectivos pero a todos nos dolerá un aspecto determinado de la realidad.


Algunos se dolerán de la vida que conocieron, de lo mucho que extrañan el contacto con los otros o, quizás se duelan del profundo cambio que deberemos enfrentar y reconocer que nada puede ser igual.


A la par, no podemos ser indiferentes a lo qué pasa a nuestro alrededor, a la tragedia humana, a las despedidas sin adiós, al despertar de lo más primitivo del ser humano.


El camino sigue siendo incierto, la nota de incertidumbre perdura sobre cuándo se “resolverá”. Es por ello que debemos extremar precauciones, ser realistas y responsables, pero también solidarios con los demás.


El reconocer estos cambios será el elemento crucial, pese a lo doloroso del proceso de aceptación, para lograr preservar la integridad física y emocional.