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  • Dra. Mayra Gallardo

¿Y DE NUESTRA FORMA DE RELACIONARNOS QUÉ QUEDÓ?



PSICOANÁLISIS CDMX


EL EQUILIBRIO NO SIGNIFICA

EVITAR CONFLICTOS,

IMPLICA LA FUERZA PARA

TOLERAR EMOCIONES

DOLOROSAS Y PODER

MANEJARLAS.

MELANIE KLEIN



Después de la aparición del coronavirus de forma disruptiva en nuestras vidas, fue necesario, prácticamente sobre la marcha, no sólo en el consultorio sino también en casa implementar una serie de modificaciones, hábitos y hasta nuevas rutinas que nos vinieron a cambiar todo lo que hasta el momento conocíamos.

Si bien, como psicoanalista, es mi deber mantener una neutralidad absoluta en cada sesión con mis analizantes, es decir, evito que algo de mi o de mi vida privada se ponga en juego para permitir que todo el espacio analítico sea ocupado sólo por la palabra, recuerdos, afectos de los pacientes, quienes sesión a sesión, van historizando su dramática personal.


Sin embargo, en este espacio, en esta ocasión, me permitiré un par de referencias personales para hacer de este texto un retrato más cercano a la realidad de lo que vivimos

Te cuento entonces, después de más de una década de relación, de convivencia estrecha y de acompañarnos por diversos caminos, donde a veces el estudio nos ha forzado a la distancia porque se realizaban no sólo en áreas por completo diferentes -ciencias y humanidades-, sino hasta en países distintos, jamás pensamos que nuestra vida familiar pudiera encontrar un punto de convergencia y hasta de aplicación práctica de nuestras carreras de forma tan cotidiana como durante esta larga transición ante una pandemia.

Hemos compartido lecturas, artículos, libros y autores por el puro placer de compartir pese a la profunda diferencia de las áreas de estudio. En broma, no reíamos de la diferencia que encontramos en el uso de las matemáticas que aplicamos en nuestras profesiones: de aquél lado, haciendo modelamientos matemáticos y de mi lado, sólo necesitando "contar hasta tres" para localizar el circuito que sumerge a un analizante en un automatismo de repetición inconsciente.


Por diferentes motivos, nos vimos ambas partes interesadas en la geología, en particular en el tema de los sismos. Donde la anécdota que me ha compartido en repetidas ocasiones era sobre una profesora en particular que les explicaba sobre los tsunamis, que en aquél tiempo de su formación sólo estaban en la literatura científica. Vimos con asombro cómo en el terremoto de Indonesia se volvieron, una vez más “actuales” y como, ante algunos terremotos la alerta de tsunami ahora sale de los libros para ser parte de nuestra realidad con la que tenemos que aprender a vivir.


Así mismo, al haber estudiado Biología, me ha compartido parte de su mundo académico y me ha transmitido lecciones cruciales sobre el mundo en que vivimos. Y justamente, este intercambio de conocimiento teórico que también hemos logrado, fue lo que nos permitió empezar a integrar varias herramientas de la epistemología en la que nos hemos formado, por diferente que sea, ante la presencia del coronavirus.

Este último, otro gran tema que había quedado sólo en sus libros y que no imaginábamos que nos pudiera tocar vivirlo, fue lo que nos permitió actuar tanto en los profesional de cada parte como en lo personal, con mayor cuidado, responsabilidad y realismo.


Esta larga introducción me era necesaria para compartirte el porqué decimos en casa que este tiempo que nos está tocando vivir, haciendo alusión a la película de los Juegos del Hambre, son los Juegos de Darwin… personaje que de una u otra forma en casa, junto con Freud, nos ha acompañado en varias charlas.

Si bien, la sinergia que hemos construido en este ya largo camino de muchos años, nos ha permitido estudiar un poco del área académica del otro, ante una pandemia, se hizo un lugar no sólo de encuentro, de aprendizaje, sino hasta de refugio que nos permitió irle quitando la preligrosidad al tema para poderlo poner al servicio del área profesional de cada parte.

El poder conocer a detalle cómo funciona el virus, riesgos, cuidados y formas de descolarme a tiempo del riesgo de la cadena de contagio, me permitió incorporar a tiempo los recursos que puse al servicio de mis analizantes para transmitir un mensaje nítido de cómo preservar su integridad física y emocional.


Así mismo, el compartir con colegas de diferentes asociaciones en México y en el extranjero, el ver a través de mis pacientes que he acompañado ya un par de años por video llamada al radicar en el extranjero, los primeros momentos de la pandemia, sus estragos y el impacto emocional que tenía, me permitió intervenir a tiempo con cada uno y continuar el trabajo analítico ahora a través de medios digitales.


Si bien yo ya estaba familiarizada con dichos recursos desde hace años por pacientes que viven en el interior de la República o en el extranjero, cuando le propuse a todos mis pacientes quienes acudían puntualmente a su cita en el consultorio, el cambio a un esquema digital para continuar con el trabajo de análisis, la respuesta que encontré fue unánime, aceptaron el cambio en el setting analítico y mantuvimos el encuadre -las reglas del desarrollo de cada sesión- sin contratiempo alguno.

No obstante, después de varios meses de vivir cada sesión de análisis con diferentes pacientes, en latitudes completamente diferentes, ese desfase de cómo se está viviendo el proceso del desarrollo de la pandemia se me hizo aún más evidente.


La tragedia que a impactado al mundo y cómo está siendo vivenciada en distintas naciones, que si bien, todos ahora compartimos el impacto físico y emocional de la presencia del coronavirus, cada pueblo lo vive también acorde a sus posibilidades, costumbres y, por supuesto, ha sido diferente el impacto en cada una de las subjetividades que he podido acompañar a través del viaje analítico.


En Croacia, no sólo el horror de no saber qué estaban enfrentando porque fue de las primeras naciones que detectó la presencia del coronavirus, sino que además tuvieron un terremoto que causo daños. Un punto que me hizo generar un alerta porque en México es una zona de alta sismicidad con la que tenemos que aprender a vivir y había que sumarle ahora el coronavirus. El colapso de Lombardia y la estampida humana que generó el tratar de huir de un virus. Otra alerta sobre la forma de conscientizar a la población en general que, por lo visto, en ningún país en el mundo ha esta exenta de escollo. En España, las resistencia a quedarse en casa. Otra alerta sobre las posibilidades reales en México ¿Cuántos lo iban a poder hacer? ¿Cómo mitigar la cadena de contagio? Quedó demostrado que no ha sido posible…

Por todas esta experiencias y lecciones que mis propios analizantes me han ido transmitiendo ahora también me pregunto ¿Y de nuestra vida como la conocíamos qué quedó? ¿Y la forma de relacionarnos cómo cambió?

Si bien, tenemos que aprender a ser realistas: el coronavirus está presente en nuestra realidad y, la vez tenemos que aprender a ser responsables de nuestra integridad física para evitar el contagio y, por ende, la propagación ¿Qué pasa con nuestra integridad emocional? ¿Cuál va a ser o esta siendo el impacto emocional que cada individualidad está recibiendo? ¿Las modificaciones a nuestro entorno, a la cotidianidad y hasta nuestro hábitos cuál va a ser el costo para nuestro psiquismo?


Si bien, tenemos que partir de reconocer que esto es una transición, tuvo un inicio y tendrá un final, no se resolverá de forma inmediata… ya con eso hay un costo emocional. Sin embargo, no se trata de caer en la desesperanza o terminar negando todas las pérdidas que para muchos, desafortunadamente, han sido de algún miembro de su familia, sino que también todos tendremos algo del orden de la perdida: para algunos el sentirse libres, la movilidad, el confrontarnos con el miedo al otro al no saber quién puede ser asintomático, de nuestros espacios, de la fuentes de trabajo, de las modificaciones para poder cuidarnos mejor como el uso de cubrebocas, el imperativo de no tocarnos el rostro sin habernos desinfectado las manos antes…


Y ante este escenario, prácticamente ya son 5 meses de ver esta danza en el miedo al contagio, la incertidumbre, el confinamiento, la crisis económica y quizás, para dentro de algunos meses más, la posibilidad de una vacuna o tratamiento. Por ahora y hasta nuevo aviso, el cubrebocas será parte de nuestras vidas, incluso si es necesario salir, antes que las llaves o el celular deberemos de velar el hacer uso correcto del cubrebocas, cubriendo nariz y boca.


La forma más básica de leer este momento, tendría que proponerse como la posibilidad de aceptar la realidad que nos está tocando vivir para lograr adaptarnos a lo nuevo que se nos impone para preservarnos -física y emocionalmente-.


Estos son los juegos de Darwin, donde la mayor probabilidad de sobrevivir la tiene quien mejor se adapta. El desarrollo de una capacidad resiliente, nuestra mejor arma.

Pero en el fondo, como sea vivenciada esta larga transición, irá acorde a cada individualidad. Si bien es cierto que, ante este periodo prolongado, se agudizarán los síntomas previos, hablando en términos del psiquismo, de los procesos inconscientes, de sus fisuras o fracturas previas así como de los recursos emocionales de los que disponga para adaptarse al cambio. Hasta influirá en gran medida los recursos ambientales con los que cuente, la capacidad de hacer uso de la tecnología, el ambiente de convivencia familiar previo, los roles asignados o asumidos en su contexto social y familiar, su estilo de interacción social previamente utilizada.


Los nuevos patrones de comportamiento se irán definiendo y cada vez haciendo más nítidos. La forma en que nos alcanza y nos deja huella esta vivencia, la forma en que nos ha atravesando el confinamiento para algunos y el tener que salir a trabajar para otros. Si fueron conscientes de los riesgos reales o si terminaron negando su existencia. Si tuvieron que convivir con otros o si el aislamiento fue además en soledad. Si por su trabajo viven el home office que ya no respeta el horario de salida y hay juntas a las 10 pm o si tuvieron que salir con el miedo a enfermar. Si en la rutina se respetaron los horarios o si se construyó, desde una posición defensiva, el imaginario de unas vacaciones eternas. Todo esto va a influir, está influyendo ya y provocando un oleaje emocional que, pese a ser silencioso, no es sin efecto a largo plazo.


Después de un periodo tan prolongado ¿Qué estamos normalizando? ¿Cuáles son las consecuencias y el costo a nivel emocional que implicará?


Parece que un cierto monto de caos o de desorden ahora es parte de la cotidiananidad. Los límites se diluyeron entre el trabajo y la vida privada. Ahora es el mismo lugar en donde se juegan ambos escenarios, ahí comemos, dormimos y también abrimos la computadora para los temas de oficina.


Como una herramienta para sobre llevar esta transición al inicio, enfrentando la nota de incertidumbre que implica desconocer cuánto tiempo durará, vivir en el presente, un día a la vez, resultaba el recurso más inmediato para hacernos más llevadera la espera. El problema es que ante un tiempo tan prolongado, nos está llevando modificar el ya no estar pensando el próximo plan y a forzarnos por hacer lo que más que se pueda para rescatar el hoy.

Con el tema de mantenernos en casa y la reapertura gradual económica, muchos lo confundieron con la reapertura de la vida social. Otros, están teniendo que elegir a los más cercanos, a los que dicen que se aislaron creyendo así que el encuentro es “seguro”. Hay amistades que se pondrán a prueba, que sentirán la exclusión al no ser confiables sus medidas. De cualquier forma, se termina confundiendo la confianza de una amigo cercano con la seguridad de cualquier encuentro.


Habremos de resignificar el miedo, emoción que de una u otra forma conocemos para ahora, ubicarla en el otro, para hacerla específica y tenerle mido al contagio. Algunos podrán ser más suceptibles y sentir que ya no es seguro el exterior, prefiriendo no el confinamiento volulantario, sino hacer la vida al interior de su espacios.


Otros escenarios encierran su propia dramática, por ejemplo, de aquellos adolescentes encerrados con padres poco empáticos o de mujeres que se quedaron sin opción para alejarse de su agresor, también pasa una factura inmensa.


Dependerá mucho de los recursos afectivos previos para lograr hacerse cargo de forma constructiva de sus propias emociones, de lograr reconocer su propia repetición inconciente o si es capaz, en términos de Bion, de lograr ser continente de sus propios contenidos.

Estamos normalizando una vida en asilamiento y, a la vez, para algunos implicará la falta de privacidad o, para otros, la soledad. Es normalizar el vacío, el silencio, la rutina o, en el otro extremo opuesto, el bullicio, el no lograr tener un espacio personal, un remanso y sentir constanmente la presencia intrusiva de con quién viven.


Para logra adaptarnos al reto de este tiempo frente al coronavirus, sin normalizar los riesgos, los excesos o los extremos, es importante cuidar la integridad física y emocional. El normalizar los extremos terminará por ser una forma de negar que “afuera” existe algo más, será también la resistencia y la negación de que, a su tiempo, la reapertura se dará. El costo así será brutal: nos costará la puntualidad, los traslados, el recuperar la cotidianidad que, si bien no será idéntica a lo que teníamos, será una “mudanza” más.


Para preservar la integridad física, será crucial mantener presente la importancia y el sentido que tiene el uso del cubrebocas, el no tocar el rostro sin haber desinfectado las manos previamente, limpiar todo el súper antes de guardarlo, desinfectar las suelas de los zapatos antes de entrar a casa, el no confundir la reactivación económica con la reactivación de la vida social, el no confundir que otros en tu mundo puede ser de entera confianza para compartirles tus secretos, pero no es sinónimo que se hayan cuidado igual de bien que tú. Cuidar tu alimentación y descanso, así como intentar hacer algo de ejercicio al interior de tus espacios. Un descuido es suficiente para estar en riesgo.


De la integridad emocional, bien nos podemos hacer cargo buscando lograr un equilibrio que te permita tener horarios y respetarlos: tu tiempo para tus alimentos, tres veces al día y lejos de la computadora, así sean 15 minutos pero has un corte en el trabajo para ir a comer; no se trata de caer en el imaginario que este tiempo es una especie de periodo vacacional; cuida tu higiene del sueño, tan importante como la de tus espacios físico, el desvelarte constantemente también te hará mal y a largo plazo te fragilizará tanto en lo físico como en lo emocional. El evitar aislarse, por ahora, no quiere decir que recibas visitas o visites a los tuyos, acude al encuentro, no te quedes solo pero por medios digitales (video llamada, chats, mensajes, teléfono). Busca organizar tus horarios para que construyas un equilibrio en tu día a día, que también haya tiempo para ti, para tus hobbies, para aprender algo más, para practicar lo que te gusta hacer. El ejercicio físico o la meditación serán importantes, así como el poder relajarnos y evitar picos de estrés.


Decidas lo que decidas, presérvate, física y emocionalmente. En los juegos de Darwin, la única regla es adaptarnos y qué mejor si es de forma constructiva, si aprendemos a ser resilientes, a reconocer nuestros afectos y emociones, a nombrar lo que en verdad sentimos, a ser benevolentes con nosotros mismos pero sobre todo a cuidarnos mejor.